16 de mayo de 2024, jueves de la 7ª semana de Pascua

Hch 22,30-23,6-11; Jn 17,20-26

Homilía

          La comunicación es esencial para el ser humano, y la dimensión social es un elemento constitutivo de la misma. Hoy en día, la comunicación no sólo conserva toda la importancia que siempre ha tenido en la vida humana, sino que también ha sido asumida de alguna manera por quienes ejercen o quieren ejercer el poder. No hace muchos años, el poder en la sociedad estaba en manos de quienes controlaban el dinero o el "capital". Hoy está en manos de quienes controlan la comunicación. Por eso es importante reflexionar sobre el significado de la comunicación en el plan de Dios. ¿No envió Jesús a sus discípulos a comunicar su mensaje a todas las naciones? ¿Cuál es el sentido de esta comunicación? Los textos eucarísticos de hoy arrojan alguna luz al respecto.

          En la primera lectura nos encontramos con Pablo casi al atardecer de su vida. En medio de Israel, había recibido una excelente educación de los mejores maestros. Como ciudadano romano, conocía también la cultura griega. Tras su conversión, probó las técnicas de la sabiduría humana para "vender" el mensaje de Cristo. En Atenas, se mostró complaciente: "Atenienses, sois los hombres más religiosos... He visto en vuestra casa una estatua dedicada al Dios desconocido" y, citando a los poetas paganos, les dijo: "He venido a anunciaros a este Dios desconocido". Pero esta técnica no funcionó en absoluto, y Pablo volvió a la otra técnica, la de la "locura de la cruz". En el pasaje de los Hechos que acabamos de leer, Pablo vuelve a utilizar un método humano, jugando hábilmente con las tensiones entre fariseos y saduceos; pero sabe que ya ha entrado en la locura de la cruz que le llevará a ser entregado a los romanos y conducido a Roma, donde finalmente será ejecutado.

          De la experiencia de Pablo debemos aprender que el mensaje de Cristo no es un producto que se pueda "vender". Si así fuera, habría que adaptar el Evangelio a las leyes del mercado, es decir, habría que reelaborar constantemente el mensaje de Cristo para que correspondiera a lo que la gente espera y desea, o habría que crear grandes fenómenos colectivos de aceptación del mensaje, como se hace en las convenciones electorales de los partidos políticos. No es ésa la manera de tratar la Palabra de Dios, tanto si la predicamos verbalmente como a través de nuestra vida, según nuestras respectivas vocaciones.

          El Evangelio de hoy es el ejemplo más hermoso de la comunicación de Jesús: su comunicación con su Padre, en primer lugar, en su gran oración de la Última Cena, luego compartida con sus discípulos durante esa misma comida. Estas "comunicaciones" de Jesús giran en torno a dos temas: el del amor y el de la unidad. Estos dos temas están interconectados y son inseparables.

          La vocación última de toda la humanidad es volver a ser uno en Dios. La vocación última de los seguidores de Jesús es ser "uno" en el amor, para que el mundo vea su mensaje y crea. Y todos sabemos que no hay amor y unidad sin comunicación y sin compartir. Este es el propósito de la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos. Esa unidad no es simplemente conformidad con las mismas estructuras; es ante todo compartir y reciprocidad: "tú en mí y yo en ti".

          Tal vez sea ésta una manera muy acertada de discernir las formas constructivas de las destructivas de comunicación. Las primeras engendran amor y unidad y proceden de Dios. Las que crean división y perpetúan el odio proceden del poder de las tinieblas.

          Todo esto es cierto en nuestra comunicación diaria con los demás. Pero también es cierto en el intercambio global de comunicaciones. Pocos de nosotros tenemos la oportunidad de utilizar los medios de comunicación de masas para influir en la opinión pública o para ganar unas elecciones. Pero todos estamos expuestos a ella. Y es nuestra responsabilidad determinar su efecto sobre nosotros, exponiéndonos a ellos sabiamente. El Evangelio de esta mañana nos da un criterio infalible para este discernimiento: Todo lo que promueve la unidad, la cooperación, la comprensión y el amor entre individuos, grupos y naciones, viene de Dios. Todo lo que crea o mantiene divisiones, desconfianza, miedo, enfrentamiento, viene del Poder de las Tinieblas.

          Del mismo modo que debemos elegir constantemente entre Dios y las riquezas, también debemos elegir constantemente entre la comunicación como forma de amor y la comunicación como elemento de dominación.

         

Armand VEILLEUX