Homilía del 8 de mayo de 2026 – Fiesta de los beatos mártires Christian de Chergé y sus compañeros.

         Hoy celebramos la memoria de nuestros hermanos de Tibhirine, fallecidos como mártires en Argelia en 1996.

          En la carta circular que enviaron a sus familias y amigos con motivo de la Navidad de 1995, es decir, solo unos meses antes de su muerte, explicaban cómo, dos años antes, ante el deterioro de la situación de seguridad, habían debatido sobre la conveniencia de marcharse y cómo finalmente habían decidido quedarse allí, juntos. Explicaban, en ese hermoso texto, cómo esa elección había sido preparada por todas sus renuncias anteriores (a sus familias, a sus comunidades monásticas de origen, a sus países). Y añadían que la eventual muerte de uno de ellos o de todos juntos no sería más que una consecuencia de su elección de vivir siguiendo a Cristo.

          Tomaron esa decisión tras la Nochebuena de 1993, cuando recibieron la visita de un grupo de terroristas armados y escaparon por los pelos de la muerte. Fue tras ese trágico suceso cuando debatieron si debían marcharse o quedarse. Entonces decidieron por unanimidad quedarse. Y lo más bonito es la forma en que llegaron a esa decisión.

Era un grupo de personalidades fuertes cuyos debates podían ser muy animados. Ese día, tras debatir largamente, resultó que todos, salvo dos, pensaban que había que marcharse. Decidieron entonces darse 24 horas de oración y reflexión, antes de tomar una decisión. Al día siguiente, sin más debates, celebraron una votación secreta. Y el resultado fue la decisión unánime de quedarse. Su unanimidad no había sido fruto de técnicas humanas de debate, sino que se había forjado en la oración.

          Nuestros hermanos de Tibhirine nos han dejado numerosas lecciones. Me gustaría señalar dos esta mañana. La primera es su convicción de que el «testimonio» o el «martirio» que se les pedía era simplemente el de seguir llevando una vida cristiana de fraternidad, encarnada en sus relaciones mutuas, pero también en sus relaciones con sus vecinos. La segunda lección es su convicción de que uno de los elementos importantes de la enseñanza de Jesús era lo que el padre Christian llamaba el «respeto a la diferencia». Dios sabe que eran diferentes unos de otros; pero habían asumido totalmente esa diferencia con valentía y también con humor. Este respeto a la diferencia es el fundamento de toda vida comunitaria, así como de todo ecumenismo o diálogo interreligioso.

          En este día en el que damos gracias a Dios por haberlos dado a la Iglesia, a nuestra Orden y a Argelia, pidámosles que nos concedan la misma gracia de aceptación mutua y de respeto por nuestras diferencias, tanto a cada uno de nosotros individualmente como a todos nosotros juntos como comunidad.

Armand Veilleux