9 de abril de 2026 – Jueves de la Octava de Pascua
Hechos 3, 11-26; Lucas 24, 35-48
Homilía
Lo más sorprendente de este Evangelio es el temor que se apoderó de los once apóstoles y sus compañeros. Poco antes, los discípulos que se habían encontrado con Jesús en el camino de Emaús y lo habían reconocido al partir el pan habían regresado para contar estas cosas a los apóstoles. Estos habían respondido: «¡Es verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». Antes de eso había estado el testimonio de las mujeres que habían acudido al sepulcro la mañana de Pascua. Así pues, todos sabían ya que Jesús había resucitado de verdad. De repente, mientras hablaban juntos de Jesús, este se les aparece en medio y les dice sencillamente: «La paz esté con vosotros». Y eso basta para que se asusten y se llenen de temor. ¿Cuál es, pues, el origen de ese temor?
La razón de su temor es sin duda que el Jesús que se hace presente en medio de ellos es diferente de la imagen que se han formado de él, y de la que siguen hablando.
¿No ocurre algo parecido hoy en día en nuestros países llamados de antigua cristiandad? Hablamos mucho de Jesús, como hacían los apóstoles entre ellos. Quizás olvidamos con demasiada facilidad que Jesús es distinto de todas las imágenes que nos hacemos de Él. Estas imágenes pueden sernos útiles para entrar en contacto personal con Él, y sobre todo para «hablar de Él»; han podido servir a todo el pueblo cristiano en las épocas denominadas de «cristiandad». Pero estas imágenes ya no son una mediación eficaz para una gran parte de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que no han rechazado necesariamente a Cristo aunque hayan abandonado la práctica sacramental y tal vez incluso la institución eclesial.
Sin duda, habría que estar mucho menos seguros de todo lo que tenemos que decir sobre Jesús y dejar que se haga presente entre nosotros de manera imprevista. Las manos y los pies traspasados que nos muestra son las manos y los pies de todos sus hermanos y hermanas heridos por las guerras y por el odio. Por boca de todos los hambrientos de la tierra nos dice y nos repite sin cesar: «¿Tenéis algo de comer?».
Hoy en día se habla mucho de la «Nueva Evangelización» y de la necesidad de re-evangelizar la sociedad occidental. Para ello, es fundamental deshacernos de todas las imágenes, a menudo muy sentimentales, que tenemos de Jesús y que se han ido acumulando en la conciencia colectiva a lo largo de muchos siglos, pero que ya no dicen nada a las mujeres y a los hombres de hoy. Expongámonos de nuevo al impacto de las propias palabras del Evangelio. Dejemos que Jesús entre en nuestras vidas y nos diga «¿por qué estáis turbados?», y nos llame una vez más a «la conversión proclamada en su nombre para el perdón de los pecados».
Armand VEILLEUX
