CAPÍTULO LII

EL ORATORIO DEL MONASTERIO


 

1 Sea el oratorio lo que dice su nombre, y no se lo use para otra cosa, ni se guarde nada allí. 2 Cuando terminen la Obra de Dios, salgan todos en perfecto silencio, guardando reverencia a Dios, 3 de modo que si quizás un hermano quiere orar privadamente, no se lo impida la importunidad de otro.

4 Y si alguno, en otra ocasión, quiere orar por su cuenta con más recogimiento, que entre sencillamente y ore, pero no en alta voz, sino con lágrimas y con el corazón atento. 5 Por lo tanto, al que no ora así, no se le permita quedarse en el oratorio al concluir la Obra de Dios, no sea que, como se dijo, moleste a otro.

  [Indice]