Domingo de Ramos (A)

En el capítulo 2º tan admirable de la Carta de San Pablo a Los Filipenses, que acabamos de leer como segunda lectura, nos encontramos con el mejor comentario posible de esta narración de la Pasión. Se trata de un himno cristológico que en una breves líneas nos traza un cuadro grandioso de todo el misterio pascual que estamos celebrando a lo largo de esta semana. Es de suma importancia para nosotros no perder nunca de vista todos los elementos de este misterio pascual, que comprende inseparablemente la pasión de Cristo y su resurrección.

Pablo nos dice que Cristo, que estaba en la condición divina, no ha juzgado haber de mantener esta condición como un derecho. Se ha despojado, se ha anonadado haciéndose obediente hasta la muerte en cruz.. Y precisamente, nos dice Pablo, es por haber renunciado a hacer valer su derecho, por lo que ha podido recibir todo como don, y por lo que le ha resucitado el Padre y le ha concedido la gracia de ser llamado Señor, Kyrios.

En nuestra liturgia cristiana jamás celebramos a un Cristo muerto. Celebramos siempre a Cristo resucitado, a Cristo que ha pasado por la muerte y a quien ha resucitado, y que está sentado a la diestra del Padre intercediendo por nosotros. Ésa es la razón de que este misterio permanezca siendo para nosotros el fundamento de nuestra esperanza.

Además, en la liturgia celebramos no sólo a Jesús en los treinta y tres años de vida humana, sino al Resucitado, que desde la resurrección sigue estando encarnado en cada hombres y en cada mujer, y muy en especial en toda persona que sufre. A lo largo de esta semana no podemos olvidar muy en especial a los pueblos de los Balcanes, Serbios y Kosovares, víctimas de la locura guerrera - de la locura de sus respectivos dirigentes, así como la de las potencias extranjeras, que – contra todas las evidencias de la historia .- siguen creyendo que es posible domeñar la violencia por una violencia todavía mayor.

En cuanto a nosotros, reunidos aquí esta mañana, no vivimos esos dramas. Lo que no obsta para que demos con ellos, en uno u otro momento, bajo una u otra forma,, como dolor y sufrimiento. En la lógica cristiana toda humillación, todo despojo de si mismo, aceptado en un espíritu de obediencia a la voluntad de Dios constituye una apertura, una disposición a recibir el don de la vida en plenitud.

A todo lo largo de esta semana queremos aprender a poner nuestros pasos en las huellas de Cristo, conscientes de que si ese camino pasa por el jardín de Getsemani y por el Gólgota, conduce también al sepulcro abierto la mañana de Pascua y al Monte de la Ascensión hacia el Padre.

Armand VEILLEUX