Cuarto Domingo de Pascua (A)



En este Evangelio mezcla Jesús las imágenes de una manera que es para nosotros un tanto desconcertante. Se compara a la “puerta” así como al “pastor” – imágenes ambas que son en realidad complementarias. No nos encontramos aquí con una enseñanza bien estructurada, conforme a nuestra lógica latina : punto primero, punto segundo, punto tercero, sino de una serie de imágenes, cada una de las cuales lleva consigo un mensaje. De ahí que sea importante el mostrar una atención particular a cada elemento de esta narración, in tratar de ver su ligazón lógica con los demás elementos.

Y sobre todo es importante que no caigamos en una lectura moralizante de este texto, tratando de ver en el mismo en qué consiste la actitud de una buena oveja. Lo que aquí interesa a Jesús es el describir qué es un buen pastor, y esta enseñanza se dirige a quienquiera que tenga una responsabilidad sobre el pueblo bien sea esta responsabilidad de orden religioso o de orden político.

Con toda claridad se nos presenta Jesús como la puerta por la que es preciso que pase quien desee ser pastor, y compara los Fariseos a los ladrones y a los bandidos, que en lugar de pasar por la puerta saltan por la valla del cortijo. El bandido viene para robar, degollar y destruir; es normal que las ovejas huyan ante él. En cambio, Jesús su propia misión como una misión de vida: He venido para que los humanos tengan vida y la tengan en abundancia. Cuanto no se halla en la línea de la vida, y de la vida en plenitud, no se halla en la línea de Cristo. Puede muy bien entenderse por ello por qué a lo largo de las últimas ha implorado Juan Pablo II, Vicario del Pastor Supremo, que cesen, en los Balcanes todas las misiones de muerte y destrucción. Quien entra en el aprisco por el aire, para destruir, no viene en manera alguna de Cristo. Las ovejas no reconocen su voz más que para escapar.

El pastor, tal cual nos lo describe Jesús, no viene para actuar como amo en el seno del aprisco. Todo lo contrario, da la impresión de que ni siquiera entra en el mismo. Si se hace abrir la puerta por el portero (que sin duda alguna es el Padre), es para llamar a las ovejas a que salgan. El aprisco de que Jesús nos habla, es el Pueblo de Israel, tan dado a lo largo del Antiguo Testamento, a replegarse sobre si mismo. Jesús viene para llamar a sus ovejas, a cada uno por su nombre, a abandonar esa cerrazón para que le siga por los caminos de su ministerio. Tiene otras ovejas, que no son de este aprisco, es decir ue proceden de las naciones paganas. También a éstas las llama; y todas formarán un único rebaño. A este rebaño no se le llama para que entre en el aprisco., sino a que siga a Jesús en s misión universal, a través del desierto de la humanidad.

En el curso de esta expedición apostólica en pos de Jesús, es inevitable que de vez en cuando se extravíe alguna oveja. Si una de ellas, de mayor coraje y más ávida de aventura, se extravía (por ejemplo en sus investigaciones teológicas o en sus iniciativas pastorales), ¿qué es lo que hace el Buen Pastor de que Jesús nos habla? No la condena, no la excomulga, no se encierra en el aprisco (cosa que actualmente es algo del pasado), la carga afectuosamente sobre sus espaldas hacia el rebaño que va en marcha por el desierto.

Es bastante fácil de entender en qué sentido es Pastor Jesús. ¿En qué sentido es asimismo puerta? En efecto, Jesús lo dice con toda claridad: “Yo soy la puerta”. Es la puerta porque en el muro de la miseria humana, ha introducido aberturas. Ha venido a los suyos y los suyos no lo han reconocido. Le han levantado un muro. En ese muro sus llagas han abierto vías de paso. Cuando Tomás ha introducido su mano en las llagas de los pies y del costado de Jesús Resucitado, ha reconocido la voz del Maestro y ha exclamado: “Señor mío y Dios mío” Como dice Pedro en la segunda lectura: “Cristo ha sufrido por vosotros para que sigáis sus pasos… Hemos sido curados por sus heridas. Estabais descaminadas como ovejas, pero habéis vuelto hacia el pastor que vela por vosotros”. Por los agujeros abiertos de sus llagas es Él la Puerta.

En sus hermanos y hermanas sigue sufriendo aun hoy Cristo. Para reconocerlo en nuestros días, nos es preciso introducir nuestras manos en las llagas abiertas de nuestros hermanos y hermanas de Kosovo y de Serbia, en las llagas de sus cuerpos, como en los agujeros abiertos que han dejado las bombas y los obuses. Reconozcamos a Cristo sufriente en todas las víctimas de ka guerra y abramos plenamente nuestros corazones y nuestros brazos para acogerlos. Y al mismo tiempo, pidamos al Buen Pastor que abra los ojos de todos los “pastores” de las naciones implicadas a fin de que dejen de enviar sus mensajes destructores por la vía de los aires y aprendan a presentarse en la puerta del diálogo, como el Buen Pastor del Evangelio.

         Armand VEILLEUX